La humanidad "se vistió de gala"
Fernán González
BBC Mundo, enviado especial a Roma
El funeral de Juan Pablo II que presencié en la Plaza de San Pedro en el Vaticano este 8 de abril tuvo dos caras.
Una, la solemne y ritual en torno al sencillo féretro del Pontífice, cerca de donde se sentaban monarcas, presidentes, primeros ministros y príncipes de la Iglesia. Fue la de la ceremonia de letanías arcanas en latín y plegarias en griego.
La otra, no menos fervorosa pero espontánea y entusiasta se vio detrás de las barreras que separaban los dignatarios de los fieles. Era una multitud abigarrada que desplegaba sus colores patrios e irrumpía en aplausos cuando se mencionaba el nombre del Papa.
De todo el mundo
En su mayoría eran jóvenes venidos de todos los continentes. Argentinos, mexicanos, puertorriqueños, españoles, nigerianos, croatas, belgas, italianos y polacos, muchos polacos. Vinieron en decenas de miles con mochilas y banderas. Durmieron a la intemperie. Hicieron fila pacientemente.
Después que terminó la misa, bajé a la plaza desde el centro habilitado por Radio Vaticana para la prensa extranjera. Quería saber que motivó a estas personas a venir, qué significaba para ellos Juan Pablo II.
Conocí a Andrea Lago, un seminarista venezolano oriundo de Maracaibo que estudia en Milán. Para él, el Papa fue, y es, una fuente de inspiración. Recuerda que en uno de sus viajes a Venezuela, Juan Pablo II definió el tipo de país que los venezolanos deben construir. El Pontífice le dio respuestas a sus inquietudes.
No todos los presentes eran católicos. El Dr. Bernardo Benes, un cubano-americano, profesa la fe judía. Nos dijo que quiso rendir tributo a Juan Pablo II por ser en su opinión la persona que más ha hecho por acercar a cristianos y judíos.
Para él, que perdió a tres de sus abuelos en el Holocausto, el difunto pontífice fue esencialmente un "hombre bueno". Al preguntarle cómo definiría este día, afirmó sin titubear: "hoy la humanidad se vistió de gala".
Cuando me alejé de la Plaza de San Pedro, todavía los peregrinos polacos cantaban o rezaban, los nigerianos con sus banderas verdiblancas bailaban, muchos confraternizaban.
Juan Pablo II, el papa mediático, el de las grandes multitudes, el que les habló en sus lenguas, no habría podido pedir un mejor funeral.
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